Mexico

     
 

Luego de poco más de dos años y diferentes trabajos totalmente nuevos para ellos, la familia Villarías dejó Veracruz con destino a la Ciudad de México. Aquí, después de alojarse en una casa de huéspedes, se mudaron a un departamento en la calle de López del Centro Histórico, misma en la que, casualmente, se encontraban asentados tantos los negocios como las viviendas de un importante número de refugiados españoles.

            Al poco tiempo de su llegada al nuevo hogar, dos de los hijos de Leoncio y Juliana -Leoncio y Juan- entraron a trabajar en un expendio de café llamado Cafemex, que se encontraba ubicado en la esquina de López y Ayuntamiento. Por razones que no trascendieron hasta estos días, el dueño del local se vio obligado a traspasarlo, Leoncio Villarías padre decidió adquirir el inmueble y cambiar así su experiencia en conservas de pescado por un negocio del que no conocía casi nada. Fue así como en 1942 se dio la fundación del Café Villarías y el cambio de las tres sardinas por tres granos de café.

 

Logotipo del Café Villarías

 

En el nuevo negocio unieron esfuerzos cinco miembros de la familia: el matrimonio, formado por Leoncio y Juliana, y tres de sus hijos, Leoncio, Juan y Julián. A la par del ahínco para hacer prosperar el expendio, los Villarías iniciaron una serie de envíos periódicos de víveres a Europa, con la finalidad de apoyar a aquellos hombres y mujeres que se enfrentaban a los duros escenarios causados por la Segunda Guerra Mundial. Fue tan importante y trascendente la tarea a la que se avocaron, que en el Café, actualmente, se conserva la máquina de coser que Juliana Hedilla utilizaba para confeccionar los costales en los que se guardaban los alimentos destinados a Europa.

            Siete años después, en febrero de 1949, el padre de familia murió a los sesenta y tres años y su hijo Leoncio, acompañado de Juan y Julián, se hizo cargo del negocio. Los dos hermanos mayores se encargaron de las tareas administrativas del Café mientras que al menor, Julián -y debido a la enfermedad de los nervios que sufría- se le encomendó la labor de administrar una pequeña tienda de caramelos que, dentro del Café, servía para tranquilidad de su hermano Leoncio, que siempre buscó estar a su lado. Con el paso del tiempo Julián y Juan se fueron distanciando del Café por motivos de salud y Leoncio Villarías decidió quedarse a cargo del negocio que había comprado su padre a su llegada al país de refugio, mismo  que se convertiría no sólo en su nueva hogar, sino también en el de su esposa y sus dos hijos.

            Pese a que los tres hermanos compartían la misma ideología, fue Leoncio el que destacó por su participación en diversos actos políticos y culturales organizados por diversas instituciones del exilio, como fue el caso del Centro Republicano Español de México (CREM). Esta asociación, creada en 1939, se distinguió por conformar un discurso que abogaba por lo que nunca antes se había tomado en cuenta en el marco del grupo refugiado en México, es decir, la necesidad de amalgamar las diferentes tendencias políticas de izquierda como única manera de estructurar un mecanismo que permitiera derrocar a la dictadura franquista. El Centro, además de ser un ejemplo de las organizaciones políticas creadas desde el exilio, realizó incansables y numerosos homenajes tanto al país que acogió a los refugiados, como al hombre que apoyó desde el primer momento al gobierno de la Segunda República, Lázaro Cárdenas.

            En 1966 el Centro abandonó su sede ubicada en la calle de Venustiano Carranza para establecerse en el que sería su último espacio formal, localizado en la calle de López nº 60, es decir, en la misma cuadra que el Café Villarías. En el mismo año en que ocurrió esto, Leoncio se hizo miembro de la asociación y un año más tarde, en junio de 1967, formó parte por primera vez de la Mesa Directiva bajo la presidencia de Jacinto Segovia.

El Centro Republicano en su sede de López nº 60

 

Debido a la proximidad entre el Café Villarías y el CREM, y el papel que Leoncio desempeñaba en el mismo, el Café pasó a convertirse, informalmente, en el Consulado de la República Española. Años más tarde, Leoncio se convirtió en presidente del CREM y en una entrevista enfatizó que:

"Por aquí han pasado muchos, pero muchos refugiados, Porque, claro,   aparte de ser expendio de café, llevamos también los asuntos del Centro Republicano, y la gente nos conoce mucho, en cualquier parte. Inclusive en España. Este ha sido siempre un centro de reunión, ahora menos, desgraciadamente,  porque muchos han desaparecido."  ( Lama Noriega, Felipe de la, Marta de la Lama Noriega, José Antonio Matesanz, Nosotros los refugiados, México, Porrúa, 2002. p. 18.)

 

El Café Villarías

 

Cuando el hombre que dedicó la mayor parte de su vida al Café murió en el 2005, su hijo Diego se hizo cargo del negocio, poniendo en práctica lo que su padre le había enseñado y repitiendo así la historia de 1949. Es así como los visitantes encuentran el Café actualmente,  han cambiado muy pocas cosas ya que mientras el hijo lee los periódicos de la misma forma en la que lo hacía su padre, los lentes de Leoncio Villarías descansan sobre la torre de libros que reunió a lo largo de sesenta y tres años.